Los que la ven pasar, esbelta y rítmica, con sus
"pelos" cortados y su bastoncillo insolente, se preguntan
si es una bailarina de los bailes rusos, o una parisiense
fantástica, o una norteamericana tan millonaria
que hasta para sus ojos ha comprado las dos esmeraldas
más grandes y más puras que hay en el mundo.
Yo, en realidad, no sé de dónde es a punto a fijo.
Pero sé, eso sí, que no es de aquí, que viene de tras los
mares, de tras los cielos, de tras las razas, tal vez de tras
las almas, y que, como un personaje de Maeterlinck,
parece buscar una corona en el fondo de una fuente
milagrosa de oro y de bruma.
¡Teresa!... /o Thérese? . . . ¡Y de la Cruz!... Y
sin que ella lo piense, sin que ella lo quiera, detrás de
la cruz, el diablo. Porque ahí está, para nosotros, pobres
hombres sensibles, el compañero malo de San Antonio,
con todas sus tevitaciones y todos sus halagos. Mas ella
sabe decir a los que se le acercan pidiendo una limosna
de labios: ''¡Che, que somos compañeros!"Y es cierto. . . Esta mujer que lleva a cuestas la
maldición de su belleza no es sino una escritora, una
gran escritora que si fuese hombre y tuviese barbas formaría
parte de todas las Academias y llevaría todas las
condecoraciones.
Sólo que, ¡ay!, es una mujer, y es lo más bonito
de las mujeres. ¿Quién no ha estado enamorado de
ella? . . . ¿Quién no ha sentido ante su boca de lobo
adolescente la terrible emoción del infinito?... ¿Quién
no la ha ofrecido su alma entera en cambio de una
sonrisa? . . .
Ella ha contestado siempre
:
—Che...
Sólo un día, tal vez ante dos ojos locos en una faz
de mártir, sus esmeraldas claras, muy claras, se humedecieron.
Pero entonces, sacudiendo su melena de leona
niña, tuvo el heroísmo de abrir su pecho y de enseñar
un cadáver. .
.
Porque esta niña genial y loca, que atraviesa la
existencia regando las perlas claras de su sonrisa, es
una pobre atormentada que padece más por alguien que
no existe que los que se mueren por ella.
Yo la digo
:
—Usted no es para aquí; usted es de otro pueblo,
de otra raza; usted no puede vivir sino en el bosque de
la princesa durmiente o en un panteón de reyes; usted
es una ídola para adoradores de especie diferente . .
.
Márchese usted; por Dios. .
.
Ella ríe con risa de niña y de demonia. —¡No sea usted loco! . .
.
¿Quién lo es más de los dos? . . . Ella, en todo caso,
tiene como excusa el genio, que es un signo magnífico
y fatal de locura. Yo no poseo nada, nada más que los
dos ojos de mártir que despiertan a los muertos amados.